El 16 de septiembre de 1955 se produce la sublevación
autodenominada “Revolución Libertadora”, movimiento encabezado por el general
Eduardo Lonardi que derrocó al gobierno constitucional del general Juan Domingo
Perón. El 13 de noviembre de 1955, Lonardi sería reemplazado por el general
Pedro Eugenio Aramburu.
La antesala del
infierno
El golpe de septiembre ya tenía el antecedente trágico de
los bombardeos a Plaza de Mayo que el 16 de junio de 1955 provocaron centenares
muertos, entre ellos muchos niños y civiles inocentes y fue el principio del terror
en la Argentina.
En efecto, esa mañana de junio, los aviones de la armada
despegaron de Punta Indio y antes del mediodía estaban bombardeando Plaza de
Mayo.
Los obreros que había prometido “dar la vida por Perón”, se
encaminaron hacia la plaza para cumplir su promesa. No llevaban armas, apenas
unos palos y mucho fervor peronista. Fue una verdadera masacre.
Cuando los aviones asesinos huyeron hacia Uruguay para
buscar refugio, detrás dejaron un tendal de trescientos cincuenta y cinco
muertos y más de seiscientos heridos.
Las causas del golpe
Según el historiador Fermín Chávez, el origen del golpe no
tuvo como causa los negociados petroleros con la Standar Oil ni el conflicto
con la Iglesia argentina.
Para Chávez el motivo central por el cual Aramburu, Benjamín
Menéndez y otros militares, ya venían confabulando desde la segunda mitad de
1950 y principios de 1951 fue que la política del peronismo en el Gobierno
había herido profundamente a las minorías oligárquicas y a la burguesía del
país, pero también perjudicó ostensiblemente a los intereses británicos.
Si los enemigos internos eran importantes y fuertes, los
externos no eran menores. Inglaterra, imperio en decadencia, pero imperio al
fin, fue uno de los principales. No es casual que la Marina de Guerra, entonces
con una fuerte formación anglófila, con el almirante Isaac Rojas a la cabeza
tuviera un papel preponderante en el golpe.
El propio Chávez rescata un viejo y olvidado artículo de
Perón del año 1957 donde afirmaba que los ingleses habían sido afectados en sus
intereses en nuestro país: (la llamada) “revolución libertadora” trajo la
cuarta invasión inglesa.
“Ante la incredulidad de propios y extraños -escribía
Perón-, nacionalizamos, comprando y pagándoles, los transportes, puertos,
teléfonos, silos y elevadores, frigoríficos, servicios de gas y energía, el
Banco Central, creamos la Flota Mercante, que llegó a ser la cuarta del mundo,
y dimos al país transportes aéreos. Industrializamos la Nación facilitando la
instalación de industrias pesadas. Asimismo, fabricamos gran cantidad de
maquinarias y automotores. Así logramos la independencia económica, arrojando
por tercera vez al invasor británico”.
En otro párrafo de ese texto decía el General Perón:
“Nuestra economía justicialista les resultó desastrosa. Sirva un ejemplo: en
textiles y afines importábamos de Inglaterra por un valor de 100 millones de
dólares anuales. En 1954, esa cifra se redujo a medio millón anual. Como último
bastión, le quedaba nuestro mercado comprador de petróleo. Inglaterra nos vende
combustible por valor de 350 millones de dólares por año. Nuestro gobierno
había firmado ad referéndum del Congreso de la Nación, un “contrato de locación
de servicios” con la Standard Oil de California. Por éste, la compañía
norteamericana se comprometía a explorar parte de nuestro subsuelo y extraer el
petróleo que hubiera, el que debía ser entregado en su totalidad a YPF para su
comercialización”.
Finalmente, el 20 de septiembre Perón se refugió en la
embajada del Paraguay y en la cañonera que lo llevó a Asunción. Llovía a
cántaros ese día en Buenos Aires, se marchó mojado hasta el alma, con unas
pocas ropas y una foto de Evita a lo que sería el comienzo de su largo exilio
de casi 18 años.
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